jueves, 5 de enero de 2012

- AQUELLAS TARDES FRÍAS -



Perfectamente. Recuerdo ese regusto y extraño frío sabor, que tienen las tardes  de     mi  invierno personal. Hacía tiempo que no notaba la presencia de dichas tardes. Mas el otro día, topé con una de aquellas casi familiares desesperanzas.
Frío. Sí. La palabra era, frío. Y no solo, porque cuando terminaba la excursión de la luz del día sobre mí, sentía como que me quedaba sin calor y a la intemperie de mí mismo. Y el otro día, reparé que lo que notaba no era solo un frío físico.
No solo era frío físico. Quizás, ésto era lo de menos. Mi frío que tuvo lugar en mí y que casi había olvidado en las tardes de invierno, estaba muy relacionado con la falta de un verdadero calor afectivo. Mas yo no terminaba de relacionar ambas sensaciones de frialdad, la cual, una de ellas, parecía solapar a la otra.
Ahora y afortunadamente, ya puedo deslindar y contar lo que sucedía. Lo que pasaba era una decepción, un vacío, y la sensación de falta de presencia propia y ajena. En definitiva, la convicción de que no podía haber calor en mí y para mí. La derrotada       sensación      de  impotencia, para rehacerme en la busca de un camino angustioso y más saludable.
Cuando el otro día me acordé de aquellas tardes nefandas, algo de mí sonrió por adentro. Porque noté en mí un nuevo e inesperado calor. Ahora, sí. Ahora sabía distinguir   los  séis  grados centígrados, de mi soledad triste. Ya era capaz se resituar las cosas, y de pensar que una tarde sin luz podía ser únicamente un mal o errado pensamiento.
Ahora, si tenía frío, habían otros que calmarían esa exageración integral e imaginada. Sí. Me estaba reconciliando con mi pasado demoledor de sensaciones en las tardes de invierno. Las cosas, afortunadamente, ya eran otra cosa para mí.
Se acabaron aquellas excursiones a la montaña, que concluían con un frío extraño que no me dejaba ser feliz. Sí. El día, la alegría y la luz, se replegaban hacia mi inseguridad y hacia mi tristeza.
Los otros y las otras también sentían frío, pero era otra cosa. Era un frío auténtico y real, sin dramatizaciones, el cual se calmaba fácil, y a partir de un punto ya no pasaba ni se introducía en un lugar sensible y condicionador. No. El frío de los demás en invierno, era    casi    una anécdota razonable. Porque tenían más allá del calor de un poleo o de una manzanilla, el calor de sí mismos, de sus parejas, de sus amigos o de sus familiares. Pero, sobre todo, el calor de sí mism@s.
No era mi caso. Aquel frío era para mí, una derrota. Por éso estoy ahora alegre. Porque estoy superando mi frío emocional, porque esta falta de calor la veo superable, y porque el frío físico no es sino una menoridad.
No ha sido fácil superar mi frío de ánimos. Nada fácil. Ahora mismo, puedo notarme más abrigado, protegido y real. Ahora ya no temo la angustia de aquellas tremendas tardes en las que llegaba la noche, y la desesperanza. Ahora ya hay más cosas. Ahora ya soy más fuerte, puedo ver mejor los grados del clima de mí mismo, y la necesidad   de    combatir      las inseguridades y los miedos.
-POR FIN SE VA LOGRANDO -

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