jueves, 19 de diciembre de 2013

- LA CASA DE LA CARIDAD -



En medio del panorama  antisocial que avanza como un tornado en dirección a las clases sociales más bajas y camino de las personas más vulnerables, reconcilia ver cómo existen igualmente puntos de luz y de humanidad.
En la atmósfera que habla de excluídos, deshauciados, pagos por las medicinas, vida demasiado cara, parados, aumento de las facturas de la luz y del agua, en mitad de los seres y de las leyes despiadadas que atufan a crueldad y a ventajerío, descubres que también existe la compasión y el amor.
Al lado mismo de mi largo y bellísimo jardín del lecho seco del río Turia, en mi Valencia, y bien cerca del Centro Histórico y de las Torres de Quart y de Serranos, hace muchos años que bulle la idea de la solidaridad y de la sensibilidad. Cuando no hay nada y cada vez menos, están ellas y ellos.
En la Casa de la Caridad de Valencia, -lugar de tránsito-, hacen posada los desheredados. Los que apenas nada tienen, quienes no tienen un techo para guarecerse ni un plato de sopa que llevarse al estómago.
Sí. Allí están ellas y ellos. Unas habitaciones, un comedor social, la posibilidad de pasar un tiempo básico esquivando las adversidades, y la sensación de que para ser inteligentes hay que ser impepinablemente unas buenas personas. Gentes con buen corazón.
Toxicómanos ambulantes, dementes desprotegidos, gente sin recursos, carne delicada y permeable, personas sin arraigo y con mil millones de problemas, etcétera, pueden saber que no es necesario bajar al río y meterse en problemas dado que ubicarse está penado. Pueden quedarse arriba. En la Casa de la Caridad. Allí, donde se salvan vidas y situaciones desesperadas, donde está la gran pobreza y la gran realidad de nuestro tiempo de verdad. Están. Allí están. Todo el año. Haga frío o calor. Allí, anida la llama y la antorcha del calor y el amor hacia los más necesitados.
No son mediáticos. Apenas salen en la radio o en la televisión, pero existen. No ocupan un lugar preferente en los periódicos, e interesan muy poco a los individualismos de nuestro duro tiempo, pero esta gente tiene un compromiso ético y potente que les hace inasequibles al desaliento. Son anónimos y mágicos a un tiempo.
Trabajan para conseguir alimentos y dan pernoctación a las personas. Ayudan y quieren. Se ven apurados, y solicitan de las grandes empresas de la alimentación más víveres. Porque, en realidad, son víveres. Todo lo básico para que un pobre hombre no se quede tieso, o coja una pulmonía y se lo lleve el sepulturero al hoyo de la nada.
Creo que es una de las cosas más hermosas que hay en Valencia. Porque se acuerdan de tod@s nosotr@s. Saben que existen el hambre y la necesidad, que existen los otros, y los problemas, y entonces se comprometen y no te fallan. Los capotazos que tira la valenciana Casa de la Caridad, nunca los tiraría el mejor de los toreros. Son, maravillosos.
Por eso y desde este modesto blog, quiero homenajear a esta benéfica institución, y darles las gracias. Solo merecen mi admiración y que me quite ante ell@s el sombrero. Porque saben lo que pasa realmente y sin que nadie tenga que contárselo, porque lo viven a diario.
Ahora que llegan las lluvias, los fríos, las no navidades y las desesperaciones, ahora que llega la familia rota y el espasmo del lloro en el cuerpo, ahora más que nunca queda para ell@s todo mi aplauso.
Y cuando ves a los amigos de la Casa de la Caridad, sientes una emoción limpia y positiva que inspira y acompaña. No son dioses ni ángeles enviados. Son gente sencilla. Son éticos y claros. Sencillamente, son buenos.
¡ENHORABUENA!

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