miércoles, 4 de diciembre de 2013

- AYER DESCUBRÍ UNA SOLEDAD -



Fue casi como una ráfaga. Como un relámpago. Como algo inesperado a la vez que necesario. Ayer me sentí solo es mi casa. Pero había trampa. Porque no era del todo así.
Por unos momentos sentí celos y envidia de los vecinos, de sus presencias y de sus solideces. Hice nostalgia de sus compañías y de sus individuales situaciones. Me comparé con ellas y con ellos, les busqué, y traté de acercarme cuando en realidad me estaba alejando.
Sí. Ayer tuve un esbozo de mí y de mi realidad. Me sentí aparentemente solo, pero contradictorio. Porque me estaba exigiendo demasiado a mí mismo. Lo que en realidad hacía, era evocar otros tiempos que ya no están y que ya no volverán.
Me sentía airado por mi situación personal. Me semejaba intolerable mi posición en la vida. Necesitaba llenarme del ruído y de la música, y que viniera alguien para llenar vacíos, y que cual trompeta celestial sonaran acordes de calor, y que mi casa se llenara de otros que me hiciesen más grato el estar en mi lar de toda la vida.
Por eso me sentí mejor al recepcionar mi nuevo hallazgo. No pasaba especialmente nada. Había tenido un larvado ataque de fantasía. Había delegado en el azar y en los sueños imposibles. Había pensado sobre otras y otros, cedido a ell@s mi felicidad y hasta mi actividad. Había sentido por mí un victimismo irreal. La Navidad me había jugado una mala pasada. Porque todo eso que me estaba sucediendo era mentira y el lastre de otro tiempo.
Yo. Esa era la palabra: yo. Yo había tomado la decisión de tomar todas las riendas de mi vida. Yo había asumido la completa realidad de mi responsabilidad. De modo que debía ser consecuente. En un aparente desierto-, que no es más que una etapa que en su momento no pude disputar-, debía seguir hacia adelante. Ya era un adulto, un mayor constituyéndome una individualidad y una nueva perspectiva. Y con ese nuevo yo, era más que suficiente que sucumbieran todos los fantasmas. Mandaba la realidad.
Decidí apagar la radio trampa. Probé. En efecto, la radio cumplía una labor suplementaria y de delegación. No había puesto el transistor por placer y esas cosas. No. Lo había puesto como un substituto o un ayudador de mí. Y entonces detuve todo mi hacer, y me senté en silencio sobre una silla.
Silencio. Había un estrepitoso vacío de silencio. Era como si mandara la casa sin mí. Como si yo fuera poco allí. O, un huésped fugaz. Me sentía mal y raro. Incompleto en mi casa dentro de mí. Pero entonces, sonreí finalmente. Solo era tiempo de espera y de confianza.
El silencio y el temor, eran y son superables. En el silencio más profundo de mí también se podía estar con paz y con alegría. Sin decir ni una sola palabra, también se podía estar muy bien. Lo que pasaba es que el niño tenía miedo a no conseguirlo y a no crecer. Que mis huesos me dolían, pero todo era crecimiento y libertad. No había otro modo de ser feliz que ponerme a llorar y a exteriorizarme a mí mismo. Nadie debía llenar mi sitio. Ser adulto era pasar el rubicón del silencio y de la coherencia.
Me había podido la ansiedad. Quería estar completo ya, que me llamaran por teléfono en seguida, que hubiera alguien más, que me substituyeran mi ser aunque fuera por unos minutos, que necesitaba replegarme en mi cuna y delegar.
Seguirá pasando. Pero sé que cada vez, menos. Fue una lección dura, pero agradecida. Mi yo se comería a esa soledad. Es necesario que yo haga desaparecer esas sensaciones. Y cuando lo consiga, seré el hombre más auténtico de la galaxia. Y sin que apenas se me note.
-COMO SUENA-

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