viernes, 13 de diciembre de 2013

- EL APLOMO DE BINA -



El otro día me fui a hacer unas compras relacionadas con las mejoras en mi casa del alma. Y como venía cargado de materiales con volumen, decidí tomar un taxi como solución inmediata y resolver la situación.
Me acerqué a una parada de taxis, en donde ya aguardaban varios vehículos de servicio. Abrí la puerta de uno de ellos, y una mujer me sonrió e incluso me ayudó con las compras introduciéndolas amablemente al lado de mi asiento en el interior del auto.
Todos los estereotipos del taxista, cayeron hechos añicos. Era una mujer de unos cuarenta y muy pocos años,-quizás menos-, alta, bella, sofisticada, y muy segura de sí misma. Hablaba con decisión, como con mucho mundo. Con enorme seguridad. No era precisamente el taxista hombre de esos que hablan de fútbol y de su mundo, con bigote y ademanes concluyentes.
La taxista Bina, parecía especial. Le encantaba el idioma castellano y la lengua, la literatura y la rigurosidad académica. Me dijo que una cosa eran los raíles del tren, y otra, los rieles. Y que los herretes es el material con el que están hechas las puntas duras de los cordones de los zapatos para que no se deshilachen.
Bina, parlanchina y culta. Se notaba en ella la sofisticación. Era rápida, femenina a su estilo, seductora, y capaz de dominar las relaciones sociales como una maestra de psicología. Y me llamaba la atención su deseo de saber. Me decía que le gustaba conocer las coaas, y cuantas más mejor, y que había que estar a la última porque si no estabas muy fuera de juego.
El aplomo de Bina, me abrumaba. Era la mujer de hoy. Liberada y actual, moderna, avanzada, pugnándose por abrirle campos a su horizonte, conductora de autos, fuerte, y seguro que sabría hasta defensa personal.
Una verdadera belleza. Pelo recogido, cuidada ma non troppo, acertado maquillaje, y toda la audacia. Me corregía, me interrumpía, y se notaba en ella que no le hace la menor gracia la cosa mediocre e inexacta. Un ansia mágica por perfeccionarse y superarse. ¡Siempre! ...
Reciclada, resuelta, desenvuelta, desenfadada y con fuerte personalidad. Bina se sabía bella y seductoramente sorprendente, y jugaba con sus nobles armas de mujer.
Sí. Sorpresiva y casi modelo, me confesó que tenía una hija a la que siempre la estaba puntualizando las palabras y las cosas. Era como una madraza y profesora de su hija.
La hija de Bina. Seguramente, todo el motor de su fuerza y el impulso de su seguridad. Por su hija era capaz de pasarse la crisis por cierto sitio, de dejarse de bellezas y de talentismos, de meterse en un taxi aguantando a unos y a otros, y de hacer más horas que un reloj. Buena saldrá la hija de Bina. Será todavía más arrolladora que su bella madre. Aunque todo siempre es un azar y nunca sabes ...
La taxista Bina rompe todos los esquemas y los apriorismos. La choferesa no le tiene miedo a nadie ni a nada, y mucho menos a su independencia y al currar. Versátil, se come el m

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