sábado, 25 de diciembre de 2010

- LA CHINITA -

Ya han pasado más de dos años de esto que os voy a referir. Quizás, tres. Pero el recuerdo de lo imposible sigue en mí, enriqueciendo lo que fue un vivir familiar y sentido. Positivo.
Era una chica. Senderista. De pelo corto, menuda y ojos achinados. Parecía vulnerable , y aparentemente infantil. Y con mucho encanto. Yo, la veía todos los domingos en los que me mezclaba con mi grupo de senderismo. La veía todos los domingos. Pero élla, no es que hablara poco conmigo, sino que hablaba poco en general. Y no parecía chica de querer hacer abundantes amistades, sino todo lo contrario.
Poco a poco, comencé a fijarme en ella. Cada domingo me gustaba más. Me atraía, como hacía muchos años que ninguna mujer lo hacía. Mas no me atrevía a decírselo, al temer que pudiera rechazarme, causándome el natural e inevitable dolor.
Pasaron muchos domingos, y muchos meses de domingos, y muchas cosas maravillosas de domingos. Y allí estaba la "chinita". Con su porte orgulloso y vulnerable. Con su sonrisa entre pícara y entre extremadamente hermética. Siempre estaba allí, en medio de la majestuosa montaña.
Y yo veía cómo progresaba como mujer y como atleta. Cómo se curtía en la montaña, y ya venía incluso a las excursiones senderistas de nivel alto. Se fortalecía con la frecuencia del ejercicio, y su presencia en el grupo se volvió para todos bien familiar y habitual. Era muy raro que no viniese algún domingo. Y para mí, ciertamente triste el que fallara a la cita dominical del sendero y el desnivel.
Un día, me armé de valor. Me acerqué a ella como un adolescente, y le dije que me atraía. Y además le dije, en fin, ya sabéis. Que lo pensara por si deseaba acercarse a mí, y tal...
La "chinita", se me quedó mirando y no me dijo nada. Recuerdo que habíamos bajado de la montaña a una zona de playa, y que el calor y el sol empezaban a apretarle al invierno.
Días más tarde, me llamó por teléfono. Y me dijo que yo era para ella exactamente un hombre más de entre todos los que nos reuníamos los domingos en la montaña. Que lo sentía, pero que no podía ser, y que no había nada de qué hablar o pensar.
Triste, escuché la firmeza de sus palabras. Mi "chinita" solo había sido el fruto de un deseo noble y de corazón. Sus calabazas me dolieron mucho. Y como además seguíamos coincidiendo todos los domingos en la montaña, cada vez que me cruzaba con ella se recrudecía mi dolor. Era duro. Y ella siempre se mantenía en su posición. Cuando la "chinita" o cualquier mujer te dice que no, olvídate y pasa página, Mago. Es lo más inteligente que se debe y puede hacer.
Hace ya mucho tiempo que por razones familiares, se fue de Valencia y no la he vuelto a ver más. Y seguramente, nunca más la volveré a ver. Pero yo me quedo con mi sentimiento sincero y de apuesta, en aquella playa tras el día de montaña. No la engañé. Fuí noble. Me atreví.
-LA DIJE LO QUE SENTÍA-

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