lunes, 6 de diciembre de 2010

- DISTANCIAS, DISTANCIAS ... -

Muchas distancias. Demasiadas. Voy a contaros un retazo de mi vida. Veréis. A mis padres, la vida siempre les vino grande. Pobrecitos. Y nadie, ni les ayudó, ni supo entenderles. Que la gente es muy práctica, y además a veces suele sacar conclusiones demasiado precipitadas.

Mis padres no sé si debieron casarse, pero lo que parece impepinable es que nunca se les debió permitir que tuviesen hijos. No estaban preparados para ello. Como para luego, tener que cuidar a mi hermano y a mí. Demasié para el body.

Pleno franquismo. Mi niñez y adolescencia. Años sesenta y setenta. Mis padres no supieron conservar los lazos familiares y amicales. No. En casa nunca tuvimos nada práctico que ofrecer a nadie, que no fuera una sonrisa y un cariño. Pero mis padres nunca tuvieron una moto, ni un coche, ni unas amistades sólidas, estuvieron muchos años sin teléfono, no teníamos televisión ni estufa, y un brasero de carbonilla combatía nuestros cuerpos frente al frío y las inclemencias del tiempo.

Mi padre, pasaba de todo. Y mi madre se volcó con solo algunos de nuestros familiares. Con bien pocos. E interpretaba muy mal la realidad. Os contaré una anécdota que tuvo lugar una tarde de domingo. Sintomática y esclarecedora.

Mi madre, nos llevaba a mi hermano y a mí, a casa del tío Enrique,-su único hermano-, que vivía a unos kilómetros de casa. Siempre a pie, claro. Y cuando llegamos, no había nadie. Era lógico. La gente estaba cambiando. La sociedad española estaba en un cambio permanente, y cambiaban las costumbres. Todo se modificaba.

Mi tío, se había comprado un Seay 600-D, que tenía cuatro puertas, y había decidido viajar y ver mundo en compañía de su mujer y sus hijos. Mis otros parientes se habían comprado aquellos primeros coches que ya todos intuís y sabéis. Que si el Seat 600, el Citröen 2 caballos, etc, etc. La gente, espabilaba. Cambiaba, se movía...

Pero mis padres, no. No ofrecían nada a cambio. No podían ofrecer a la familia y amigos, la correspondencia y respuesta, a través de su coche propio, de plantear viajes, o de hacerse pequeñas casetas en las afueras para así invitar a pasar el tiempo de ocio con nosotros como hacía todo quisque. Y a comer.

Y la familia y amigos, lo interpretaron como desconsideración o menoridad. La lógica que mira lo que ve. Y así, poco a poco, nos fueron postergando. De la peor manera posible. Considerándonos menoridad, carga o inconvenientes, para la libertad o la felicidad de sus vidas.

Mis padres no supieron ni pudieron cuidar los lazos afectivos más inmediatos. Y la familia, nos fue dejando por el camino. Pasaron de nosotros, y empezamos a dejar de existir para ellos paulatinamente. Solo coincidíamos en las bodas, comuniones y bautizos.

-HASTA LA FECHA-

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