sábado, 7 de abril de 2012

- MIS PLANTAS RUDAS -



Hacía tiempo que no me acercaba a las plantas de mi balcón. Sí. Mis plantas del balcón son  mucho más que unos simples tiestos caprichosos, nacidos de mi afición quasi insólita por la jardinería pequeña y minimalista. Me encanta la planta de las pequeñas cosas, la planta chica que no "estruenda" en alarde cual vanidad de niño.
Era la excusa de mi escasísimo tiempo libre. Ya sabéis. El tiempo que dedico a los cuidados de mi madre, me permitían limitar y hasta casi frenar los cuidados de mis plantas. No afrontaba la realidad como antes. Y cuando yo me acerco a las plantas de mi balcón, como hay conexión y afecto mutuo, éllas tenían ganas de ser reales y severas conmigo, y  de decirme toda su verdad que es mi verdad también.
Veréis. Las plantas de estaban rudas y resecosas, abruptas y poco dulces, casi me miraban seriamente como no queriendo que me acercara a éllas. Exactamente, recíproco. Yo  no había querido cuidar adecuadamente a mis plantas, e iba dilatando el tiempo que habitualmente les dedicaba. Las plantas son para mí el síntoma de mi realidad, y la respuesta de las dudas desveladas de mi vivir.
Lo dicho. Tierra dura, reseca, sin renovar, acusando un invierno sequísimo disimulado con la gran cantidad de botellas de agua que les jarreé hace unos días, aprovechando que a mi Valencia por fin llegaba una enorme tormenta de lluvia. Exceso sin dulzura.
Primavera, vida. Es el tiempo de repararles las energías y la gasolina de su crecer. De vigilar, y acometer bastantes cuidados. Pero, había mucha timidez por ambas partes. Mi tristeza y mis dudas, eran en el Viernes Santo las caras de una misma moneda.
Yo creo, que mis plantas me miraban hasta sorprendidas al verme inconstante y taciturno. Incluso algún tallo o alguna hoja, se estaría preguntando si el tipo con gafas, armado con clavitos de energía, tijeras de poda, y botella de agua para refrescar al anochecer, era yo.
Pero, mis plantas son sabias y perspicaces. Sabían que mi esencia seguía pura,   y   que    mi  indecisión era producto de mi nueva situación de preocupación y realidad.
Y en la medida que avanzaban mis cuidados y mi afán sobre las plantas, éstas volvían a ponerme la cara amable y hasta excitante de siempre. Me daban y me llegaba, la serenidad y la convicción, se iba el miedo y la timidez, y la idea prima y real de mí permanecía: el querer ayudarlas de la misma manera que me estaba ayudando a mí mismo. Ni más, ni menos ...
Crecer. De éso, se daban cuenta mis plantas. De que mi propósito era el mismo de siempre. El estar bien, el volver a mi afición, el acercarme a la naturalidad de la vida, y a seguir creciendo y creciendo sin parar, a la par que yo las ofrecía con mis energías renovadas aquello que van a precisar para seguir hacia arriba y potentes,  dentro del ciclo vital.
Sí. El mensaje de mis plantas, rudas al principio y distantes, estaba claro. Todo lo de mí y lo de éllas, estaba en el guión del dolor de huesos del crecimiento y de la incomprensión. Pero, allí, en mi balcón, reaparecía mi gusto por la vida, mi energía, mi habitualidad, mi vigor y serenidad, y el mensaje era que siguiera y siguiera , sin dudas, con ánimos renovados, sin miedos y hacia adelante.
A punto de concluír los trabajos, las plantas me agradecerían el amateurismo y la intención que me nacía. Mi valentía, mi arrojo, mi decisión al encarar los temores y las distancias, y el profundo deseo de ser muy feliz.
-EXACTAMENTE, ÉSO-

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