sábado, 9 de noviembre de 2013

- PILAR, ETERNA Y LIBRE -



Rubia y delgada, apasionada de la montaña, vitalista e infatigable.
La recuerdo de mis tiempos de senderismo. Era con creces, la mejor atleta. La gustaban siempre los terrenos duros. Sí. La dureza era su amiga y su reto. Qué calidad física ...
Allí que la veía todas las mañanas de domingo con su coche azul y su pequeño perrito. De habla valenciana, Pilar era tímida y siempre cauta. Tenía las ideas claras, era profesora de literatura, y nunca sentenciaba del todo sus opiniones. Tenía carácter fuerte, y vivía y crecía. Auque parecía que todos los domingos era lo mismo, de éso nada. Era un período imparable como la vida. Coyuntural y de tránsito, como tantos y tantos senderos que se entrecruzan y que se multiplican diversificándose entre las montañas.
Tengo mil anécdotas de su amistad y de su valor. Recuerdo cuando los demás senderistas ya acomodados o con años, la criticaban porque decían que sus excursiones eran demasiado duras. A élla, no le gustaban demasiado aquellas críticas.
Por éso y por mil cosas más que ella y solo ella sabrá, dejó de venir al grupo. Pero luego coincidimos en otras pruebas y entrenos. Cada vez era más fuerte a pesar de su escaso peso.
Preparaba con sus amigas y amigos de la Universidad Politécnica, grandes experiencias que tenían que ver con el fondo y los alardes. Treinta, cuarenta, sesenta kilómetros, marathones y media por las montañas, y todos esos fantásticos proyectos de mujer salvaje y moderna.
Yo siempre admiro a Pilar. Admiro su positividad y vitalidad, su valentía, que nunca se detiene, y su tremendo entusiasmo entre el sudor. Orgullosa, independiente, vanguardista, realista, resistente, y con una fortaleza inusual. Una explosión y una pasión por el deporte al aire libre.
Ella y yo nos hablábamos rápida y casi atropelladamente, y comentábamos cosas debajo de un tremendo vendaval con lluvia y truenos. Y los demás, nos miraban. ¿Estarían locos esos dos? ...
Hace ya tiempo que no la veo, dado que mi lesa rodilla es incompatible con las caminatas, y no digamos con las grandes burradas de kilómetros que nos metíamos los más osados y duros entre pecho y espalda. Pilar significaba para mí el entusiasmo y la aventura en la acción. Trepidante. Un manantial y un torrente. Un contagio de naturaleza y de actividad. ¡Qué tiempos! ...
Se enamoró un día la buena de Pilar. Encontró una estabilidad necesaria. Su pareja la complementaba muy bien, y yo me alegré sinceramente de que hubiese acertado en las cosas del amor. Lo merecía.
Siempre tuve el respeto de Pilar. Todos los tipos fuertes y hasta masocas de la montaña, no solemos ser simplistas. Porque nos damos cuenta de que nos gusta exactamente lo mismo, y eso nos da una línea de admiración mutua que aprendemos siempre a mantener.
Luego, me contaron que había parado un poco. Que ya no hacía tantos excesos y que había reducido los kilometrajes. Pero pronto volvió a la carga. Y volvían los treinta, los cuarenta, o los sesenta kilómetros al zurrón. Porque de Pilar todo puedes esperarlo. De este portento físico a quien tuve el placer de conocer, nada previsible y definitivo tengas. Porque tiene hambre de sorpresas y de rebeldía, porque es montaña y sendero con piernas, porque nunca la verás estarse quieta, y porque cuando esté quieta será porque le plazca y además por que le dé la real gana. Porque sabe vivir, y soñar, y hacer, y decidirse, y concretar, y volar, y ser siempre libre y audaz.
-BESOS PARA PILAR-

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