jueves, 7 de noviembre de 2013

- NO CORRAS -



Hazme caso. A mí me apasionaba la velocidad. Darle al acelerador. Era excitante. Te hacía libre. Todavía hoy, cuando veo a esos pilotos de Fórmula 1 poner el DRS para adelantar a trescientos por hora, algo recorre mi cuerpo. Porque, sí. Porque se llega antes, porque rivalizas con éxito social, porque acelerar es un acto de poder y de alarde, y sobre todo, porque los demás y lo demás nos importa un poco menos. ¡Nada! ...
Yo, no lo sabía. No sabía ni era consciente de lo que significaba calmar el instinto mental. Sí. Yo me introducía en el auto con mi mujer, metía a mi preciosa hijita Andrea, y la carretera y el placer era nuestro. A toda mecha.
Tengo veintinueve años. No solo me gustaba coger el coche y darle tralla. No. Soy joven. Y cuando me pasó todo, era un torrente de vitalidad. Estaba preparando el marathón, corría habitualmente por todo tipo de superficies y deportes, y la palabra quietud me sobrecogía y me desagradaba más que bastante. ¿La quietud?, ¿lo inerme?, ¿lo estático?, ¿ir como una tortuga? ...
Aquella noche de octubre de hace dos años, la había diseñado en un día inspirado Edgard Allan Poe. Volvíamos a casa tras pasar una jornada de campo con los amigos. Y, sobre todo, sobre muchísimo más de lo que me pasó, yo lo que estaba era enamorado de Rosa mi mujer, y hubiese matado por mi peque tesoro Andrea. Lo más grande de mi vida.
Pero, yo siempre tenía prisa. Rosa no se atrevía demasiado a pararme, y la niña pues ya sabéis. Los niños no pueden juzgar demasiado.
Y yo les maté a los dos. No calculé bien una curva, y se me fue el coche. Mil vueltas de campana, y todo a tomar por el saco. Estoy en un sitio extraño. Pasaron muchas horas y cosas hasta que recobré la conciencia. Y cuando desperté, me arrepentí mucho al conocer mi trágica realidad. ¡El horror! ...
Intenté suicidarme en dos ocasiones. Pero no solo porque mi conciencia de culpa de haber matado a mi mujer y a mi hija me desesperaba la conciencia y me hacía la destructividad y el vacío, sino porque yo me había quedado sin piernas.
¿Retomar? Hace dos años. El tratamiento psicológico es permanente. Empiezo a asumir mi realidad. Y que no tuve la menor intención de matar a quienes más quería en este mundo. Perdón: quiero.
¿Asumir que toda mi vida iré en silla de ruedas y seré un puto dependiente a mi edad? ¡¡Joder!! A veces pienso que no lo lograré. Ya sé que hay prótesis y muchos avances médicos, y que soy joven y fuerte, y que fui atleta popular, y todas esas convencionalidades. Pero ...
Solo tengo clara una cosa en mi disco duro del cerebro. Que si pudiera tomar un coche, ya no iría a aquellas velocidades brutales. Y, además, odio las carreteras, los coches, y todo ese extraño mundo de antes. No me interesa. Adiós. ¡A la mierda! ...
Me he vuelto otro, dice mi psicóloga. Yo creo que tien bastante razón. Y me gustará el día de mañana ofrecer mi cuerpo tullido a los jóvenes y menos jóvenes que veo que salen por la noche y que no saben respetar siquiera un paso cebra de ciudad populosa.
Ése, es mi objetivo. Quererme más, ayudar a los demás, aconsejaros que no corráis. Que, no corras. Que pienses que te matarás. Que si verdaderamente quieres a los tuyos, debes de saber pensar antes de soltar un hachazo de prisa. De ansiedad de guadaña.
Solo soy un escarmentado que aún tiene pesadillas por las noches. Años me costará aceptarme que me lo he roto todo, vestido de muerte sobre ruedas. He sido un peligro social, un verdadero hijo de perra egoísta e irresponsable. Ni pensé en los demás ni he pensado en mí mismo. Creía que todo eran tópicos y que nunca pasaba nada.
Mi arreglacabezas dice que lo mío es superable. Lo que pasa es que mi rehabilitación integral es más dura que caminar sobre el fuego. Os lo pido por favor: ¡no lo hagáis!
-DEJAD EL ACELERADOR-

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