miércoles, 13 de noviembre de 2013

- MIS NUEVAS OBLIGACIONES -



Toda esta nueva situación, me depara novedosas situaciones que implican más obligación. Sí. Me refiero a la decisión de estar por las tardes en mi casa, pero ahora con otras ideas como las de aprender a cocinar. El hacerme las cenas, gracias al chaval de la hostelería que amablemente me va ayudando a curtirme en estos menesteres. Veréis.
Sobre las ocho y media de la tarde, parecía tener el espacio de siempre para mi relax y para desconectar de la dureza del cuidado de mi madre, que está en la casa de mi hermano.
Yo, en mi casa, sobre las nueve, y un tanto confuso. ¡Ha nacido una nueva obligación! Pero esta vez, es para mí. Esto es para mí. Si eludía la responsabilidad, todo era peor y hasta aburrido. Me gustase o dejase de gustar, ese huso horario de las ocho y media o como máximo las nueve de la noche, implicaba dejar otras cosas. Cambiar y ser coherente. No era la hora de comerme la cena. No. Lo que era es, la de cocinármela. Y como algunas recetas pueden implicar un tiempo de media hora de elaboración, ahí había que moverse y dirigirme de inmediato a la cocina.
Comenzaba una nueva etapa, la cual fortalecerla en su habitualidad no me va a ser sencillo, desde luego. Y no digamos, cuando encima mi trabajo con mi madre me somete a fuertes esfuerzos. Sí. Lo que quieras, oye. Pero la excusa estaba de más.La apuesta estaba hecha. Yo, y nada más que yo, había decidido este cometido. Si quiero autogestionarme la comida y su confección, he de obligarme desde la responsabilidad y la coherencia a horarios ineludibles por necesarios.
Mi cabeza pensaba en muchas cosas a un tiempo. ¿Por qué me metía yo en estos berenjenales?, vaya rollo tener que ir ahí a la cocina a hacérmela y a ver cómo me salían los platos, y todas esas cosas que se piensan cuando uno está haciendo las cosas por primera vez. La novatada del audaz. El precio del cambio y del crecer.
Sonreí por adentro. Tomé las notas del profesor de cocina, y rápidamente decidí el menú y la dieta. Agarré la cacerola, calenté el agua, y corté la cebolla en cuatro trozos. Y una patata mediana, en ocho. Y cogí diez bajoquetas, les corté previamente las puntas y les hice a la mitad en forma de tiras. Lo limpié todo bien limpio y eché la cebolla troceada a la cacerola unos quince minutos y esperé.Minutos más tarde eché igualmente el resto de los componentes de la receta. Mientras se hacía el primer plato, comenzaba a elaborar el segundo para ganar tiempo.
Lo que pasaba, más allá de la elaboración, era más que secundario. O, secundario a secas. Porque lo más importante en todo este momento y tiempo, era yo. Mi objetivo, era yo. Mi satisfacción, era la mía. Y no digamos cuando completé el hervido, lo puse en el plato y sobre la mesa y me dispuse a echarle el diente. Estaba, fetén. Buenísima la patata hervida, y el resto más que pasable. Un bien. Un séis. Más que aprobado. Perfecto para ser yo nuevo en estas culinarias plazas.
Me da alegría. Otros ya no me cocinan. Mi vida aprendo a cocinármela yo mismo. Y eso me confiere soluciones y seguridad. Me siento más grande y mejor desde la no dependencia de unos y de otros. Es un gustirrinín que no se puede sacar o expresar, porque está dentro de uno y allí permanece.
No todo son satisfacciones. Hay nervios y más obligaciones. Como no tengo lavaplatos de esos, he de lavarlos a mano y pronto, pues al siguiente día a saber a qué hora voy a llegar a casa tras mi dura labor. Ha de quedar todo impecable. El otro día se me cayó un plato al suelo de la cocina, pero no se rompió. Lo tomé en mis manos, y seguí fregándolo como si nada. Fue bello.
Quien no rompe nunca platos, es porque ha rehuído responsabilidades. Porque no ha expuesto. Yo, todavía no sé si me agrada o no cocinar. Lo que sé es que sé hacerlo. Voy sabiendo hacerlo. Il faut. Es necesario. Para que vuelva mi satisfacción interior.
-QUE ME REAFIRMA-

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