sábado, 23 de noviembre de 2013

- LA VOZ TRISTE -



Abelardo era raro. O al menos, no era como los demás. Estaba cohibido, apagado, triste, ausente, inusual, sorprendente e inadecuado.
Pero los compañeros de Abelardo no se entretenían demasiado a elucubrar sobre los porqués de aquella actitud. En la clase de música pasaban muchas cosas y muchos desencuentros. Abelardo sufría la ausencia de la cercanía de sus compañeros. Y a la hora de formar con las voces un grupo coral, algo desencadenante sucedía.
Amalia, la directora, se debatía entre algunos fuegos. Lo primero que sabía era que Abelardo era tremendamente delicado y emocional. Y que cuando alguno de sus compañeros no le aceptaba, Abelardo lo acusaba. Un tremendo y extraño vacío le atravesaba y le bloqueaba el alma. Pero, Amalia sabía igualmente que mucho más importante que Abelardo, era el coro.
A ratos, Abelardo lograba salir de su hechizo negativo. Y era importante estar ahí en ese momento. Porque la voz del chico raro, emergía y se expresaba hacia el exterior con una calidad musical de primer nivel. Era, el mejor. De su garganta salía un ángel positivo, que dominaba igualmente el ritmo y la alegría. Sin nubes, Abelardo era casi un solista, alguien que dejaba al coro en ridículo y hasta desnudo. ¡Perfecta! Esa era la voz de Abelardo. Como si un don natural se hubiese depositado en su ser.
Mas Amalia, no era partidaria de darle demasiadas alas al chico raro. Ella era la directora de treinta o cuarenta voces que debían sonar a una sola. El reto de todo director.
De modo, que se trataba de que Abelardo era un ambicioso y un desconsiderado, más allá de su aparente indolencia e inofensividad.
La directora, urdió una inteligente estrategia. Le colocó a su lado al chico de la clase a quien le tenía más distancia y antipatía. Quería probar su ego, y formar un nudo de orden y de seguridad. Añadirle tensión, a ver por dónde salía Abelardo ahora. Colocarle emocional dificultad.
Conseguido. A Abelardo se lo comía el miedo. Los nervios. No soportaba la inmensa frialdad. Y, no cantaba. No le salía la voz. Se hallaba como en una costra o laberinto que le bloqueaba por completo. Amalia, no dijo nada ...
A los pocos días, Abelardo cerró su carpeta en donde se hallaban las partituras. No tenía ganas de cantar. Y lo que hacía, era mirar a su compañero que le molestaba y que esbozaba una pícara sonrisa. Y al chico raro le entraron ganas de llorar. Y, de hecho, rompió la fila, se alejó del lugar y lloró amargamente. Tenía ganas de llorar y no de cantar ...
Antes de que el ensayo coral concluyera, Abelardo volvió. Tomó sus partituras y se escuchó de nuevo su voz mágica. Pero esta vez, la directora Amalia le notaba sin ambición. No quería destacar sobre nadie.
Abelardo, con naturalidad, miraba las notas y se limitaba a cantarlas. Con rigor y sin alardes. Y Amalia, su directora, agradeció la rectificación de su inteligencia. El chico raro se había dado cuenta de la maniobra y había reaccionado bien. Se percataba de que si pretendía ser un divo, le seguirían todos dando la espalda. Y se puso manos a la obra.
Abelardo cantó con maestría impropia, pero con modestia. Como los ángeles pero con naturalidad, participó y admitió las bromas, y acabó siendo otro ante la sonrisa feliz de su dire Amalia.
-EL CHICO ERA GRANDE SIN FORZAR-

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