sábado, 22 de septiembre de 2012

- OLOR A MÍ -



Debajo de las sábanas nuevas que me acompañan en el calor de las noches del fin de semana, en las cuales vuelvo a dormir en mi casa de toda la vida, hay un aura personal y casi mágica que marca toda mi piel, presencia y hasta vulnerabilidad.
Entre la mantita que me protege la soledad de mi casa en la que descanso, todavía estoy yo con toda mi saliva eterna, con los restos de mi presencia física, y con todos      mis   sueños, fantasías y anhelos.
Ahí está la cama calentita, y nunca vacía. Porque se me huele, se me atisba, se me intuye, y hasta se me mana la comprensión.
En ese lugar interno y renovado, en el cual mi cuerpo parece fenecer por unas horas en busca del necesario descanso reparador, siempre hay una impronta mía e inevitable.
Sí. Yo estoy ahí. Todo lo mío. Mis errores, mis temores, mis aciertos, mi fortaleza, mi osadía, y hasta mi beso de niño. Ahí está atrapada la noche conmigo, y yo acariciando la vigilia que me da identidad y que me acompaña.
Mi cuerpo firma sobre las sábanas su sello particular. Cuando me muevo, cuando no sé lo que hago, cuando me despiertan los vándalos bebidos del ocio nocturno, cuando una sonrisa de crecimiento hace que al día siguiente pueda despertarme pleno y crecedor, sé que allí en mi cama del futuro siempre está mi vida, mi cara y hasta los dientes de mi sonrisa. Allí huele a mí.
A mi intimidad, a mi yo, a mis piernas inquietas, al deseo de que una mujer me comparta el lecho, a toda mi creatividad nunca estática, a todo mi caudal de energía que se desparramará caminando por la vida, cuidando a mi madre, y teniendo el goce y la oportunidad de conocer mujeres hermosas, sensibles e inteligentes.
Estoy seguro de que si levanto yo esas sábanas, me huele a piel propia, a sabor de mí, a calor que se sustenta desde mi raíz y mi condición de varón, a corporeidad inevitable que disimula un hueco, y hasta a colonia lavanda que es una de mis preferidas.
En esa cama mía y modesta, está mi desnudo y mi piel, mi cabeza sin gafas, mi torso   por  depilar, y mis piernas ágiles y de cincuenta y dos años.
En mi nido de cuna, hay poesías y relatos, primaveras que      parirán        sorpresas      y   heterodoxias, paraguas y nubes, travesuras y descubrimientos,       ternura   y    nobleza,  impulsividad, e inconformismo.
En esa cama, quepo yo. Y todo lo que a mí puede oler. Allí está recogido todo mi misterio y toda mi nocturnidad, mi carcajada alegre y mi triste llanto. Sí. Nada fuera de mí ha quedado debajo de dichas sábanas de intimidad. Todo lo que hay, que soy yo, se mantiene vital y vivo hasta que, nuevamente, llega la noche y mi piel se encuentra de nuevo con ese mueble de amor y sosiego. Y yo sé que siempre estoy ahí.
-AUNQUE A VECES NO SE ME VEA-

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