domingo, 2 de septiembre de 2012

- LA SUERTE DE ESCRIBIR -



Escribir. Me gustó siempre hacerlo. Desde bien niño. A veces, me preguntaba el porqué de tal circunstancia o afición. Hasta que, finalmente, me dije a mí mismo que llegado   era  el  tiempo de dejar de especular. Escribir. Sí. Escribir, me permitía soltar mis sentimientos. Escribir era y sigue siendo para mí, una santa magia.
Escribir es libertad, es poner mi corazón y hasta mi frivolidad encima de un papel en blanco, una sorpresa contada, y hasta un motivo para decirle a alguien que l@ quiero.
Escribir es un hacha que rompe moldes y barreras, que te saca el yo interior,     que    te convierte en un ser vivo, que te permite errar y acertar, que te quita el rubor, y que a veces te hace navegar en un barco de emociones camino de lejanas distancias,    de     sonrisas    venideras y de personajes que quizás conoceré.
Me gusta escribirme. Sí. Porque cuando estoy delante de un folio en blanco, solo puede estar en mí mi personal conciencia, mi tabú, e incluso mi exceso o libertinaje. Cuando estoy en estos momentos reflexionando sobre mis escritos, me lo estoy diciendo a mí mismo y no puedo escapar de esa evidente y magna realidad.
Escribir, soy yo. Y no sé ser actor, o impostor frente a mí mismo  o frente a los demás. Se me nota demasiado. Yo sé que cuando más gusta lo que se me ocurre escribir, es cuando   más gusta a quienes tienen la deferencia de leerme. Os soy más cercano. No hay   que    buscar  insondables y fútiles misterios ...
Escribo y digo muchas cosas, en un silencio que llega bastante. Y lo primero que pienso, es que tengo mil cosas en la cabeza que se me pueden ocurrir. Menudo mar de sugerencias ...
Puedo comentar lo que me parece, romper unos caramelos de cristal, hacer el funambulista entre tigres famélicos, pasear junto a una dama majestuosa, hablar    con     y     del   tiempo, frivolizar con el fútbol, hacer ver que le gano en los cien metros a Usain Bolt, emular a mi abuela materna que me contaba entrañables cuentos de leche, contaros mis experiencias con mi madre que ha vuelto a la infancia, o que sencillamente no pienso jamás hacerme mayor.
Puedo ser mago y poeta, y tener mi rincón, y un palacio, y un Ferrari, y correr más  que Fernando Alonso, y hasta encestar más triples que Kobe Bryant.
Mientras escribo, puedo ser médico o payaso, director de orquesta, ponerme en la psicología de una adolescente que crece, o hacer la transmisión casi en directo del sonido del zen natural que se escucha al lado de un manantial de agua que brota en medio de la montaña.
Soy capaz de ser flor y músculo, hombre de la calle y de disney, charlar con el viento,   o imaginar el apocalipsis y el fin de los tiempos. Ser libre y yo. ¿Es poco? ...
Puedo volar, descubrir teorías físicas, imaginar encuentros    en     la        cuarta      fase  con extraterrestres buenos, o esquivar los golpes de boxeadores en vías de derrota. Sí. Puedo admirar una lencería fastuosa en el cuerpo de una estupenda señora, cantar el gol   de   la admiración al alba, tener una rabieta de niño, o una carcajada de truhán.
Porque, cuando escribo, puedo acercarme sin querer y mejor a vosotras y vosotros, soltar aranas y verdades como puños, ser subjetivo a mansalva, y hasta hacer que una bandera llamada amor sea la de tod@s.
-ESTO ES ESCRIBIR-

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