martes, 6 de julio de 2010

- LOS MAYOROTES -

Recuerdo que, de niño, y cuando salía del Instituto Luís Vives de Valencia con mis compañeros de clase, el fútbol se convertía en mi gran pasión. Nos íbamos a unos terrenos que lindaban con el centro docente, y nos poníamos a jugar al fútbol sin tiempo concertado y con toda la alegría,hasta que finalmente cuando alguien nos indicaba que se había hecho tarde, salíamos escopetados hacia nuestras casas respectivas, por miedo a una bronca argumentada por parte de los papás.
Pero mientras yo jugaba al fútbol, me lo pasaba bomba, y para tener once o doce años, era habilidoso y creativo con la pelota, y el tiempo pasaba rapidísimo. Fuí muy feliz. Os lo confieso. No me cansaba nunca, porque era dichoso allí.
Los compañeros de un curso superior, nos observaban. Miraban cómo nos lo pasábamos bomba, el entusiasmo que nos producía jugar, nuestra resistencia, etc, y nos propusieron dichos mayorotes, disputar un partido contra ellos. Aceptamos.
Sobre todo, yo. Nada menos que jugar contra unos mayorotes que nos sobrepasaban un palmo y algunos kilos. Menudo reto. Era una idea sumamente atractiva. ¿Por qué no ganarles a los mayorotes?...
Al menos, eso era lo que pensaba yo. Porque el día del partido, mis compañeros habituales no lo parecían. Estaban como alicaídos, como derrotados de antemano, sin fe, etc, etc.
Y durante el transcurso del partido, siempre transmitieron esa idea. Yo, enfadado y decepcionado, les reprochaba una y otra vez su actitud. Pero ellos seguían jugando sin fe.
Nos metieron el primer gol. No lo acepté bien. Sobre todo, cuando vi que mis compañeros no reaccionaban con la contundencia necesaria. De modo, que decidí yo en solitario plantarles cara a los mayorotes. Tras meternos el segundo y definitivo gol los chicos de la clase superior, cogí el balón y comencé a jugar totalmente en vertical, chutando a portería desde cualquier posición, evitando tarascadas, percutiendo con gente muy grande, e intentando decirles que su poderío físico me la traía al fresco. Sin éxito.
Se acabó el partido. Dos a cero, perdimos. Yo tenía un enfado monumental, y no solo porque habíamos perdido dicho partido. Sino porque no habíamos jugado con la alegría y el coraje habituales.
Nos pidieron cortesmente la opinión sobre si queríamos la revancha para otro día aquellos chicos. Pero mis compañeros no quisieron oír hablar de tal desquite. Y así quedó la cosa. Ni mis compas me entendieron, ni yo a ellos.
-¡QUÉ AMBICIONES!-

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