lunes, 7 de abril de 2014

- 22 AÑOS SIN EL GRAN JUANITO -



Futbolista, de la malagueña Fuengirola, racial. Rapidísimo, eléctrico y orgulloso. Difícil. Bajito y con mala leche. Ganador y ambicioso. Se sentía extremadamente mal cuando perdía. Juan Gómez, "Juanito", se mató hace 22 años en un accidente de tráfico.
Juanito "Maravilla", español y hasta torero, andaluz y madridista, polémico y símbolo de otros tiempos y contextos. Aquellos nostálgicos años setenta y ochenta. Un enorme futbolista autodidacta, desobediente hasta las trancas. Con el fútbol en el gen y la bravura en el alma.
Triunfó en el Burgos, y de ahí pasó a la Gran Maestranza del Santiago Bernabéu para dar cátedra. Muchos años en el Real Madrid. El explosivo sorpresa del Real y de la Selección Española de Kubala o Miguel Muñoz. Aquella final de la Copa de Europa perdida contra el Liverpool de Allan Kennedy, y muchísimos triunfos más. Tras dejar Madrid, Juan Gómez fichó por su Málaga de cuna y siguió impartiendo mágicas tardes de fútbol. Como siempre.
Fibroso y delgado, extremo y goleador. Atacante y con bien poca diplomacia. Más carismático que Pirri o Santillana, uno de los primeros futbolistas mediáticos y mitos modernos en España. En el Bernabéu y cuando llega el minuto 7, se oye una ovación. Es para su recuerdo dedicada. Juanito marcó tradiciones y dejó los olvidos. Excesivo y genial siempre, desafortunado en las formas, macho, y claro en sus convicciones. Polémico a mil. Adorado en Madrid y odiado en otros lares.
La Copa de Europa era a una sola pasión. Los duelos del Real Madrid contra el Bayern de Münich eran unos clásicos especiales y cruelmente decisivos. O les eliminabas, o te ensuciaban la temporada brillante si te ganaban. Había muchos egos y tensión. Muy parecidos a los de ahora. Y un día va Juanito y le da un pisotón tremendo al orgulloso Lothar Matthäus. Bronca y violencia, puyazos, expulsión definitiva del bravo español, nervios al aire, y pocas simpatías para el español en Alemania.
En Barcelona le decían de todo. Su presidente, Núñez, llegó a ir un día de lengua suelta afirmando que Juanito "iba dejando preñadas a las mujeres por las esquinas". Juanito, bramaba cuando un micrófono cabrón le buscaba los bajos. Era valiente y suyo. Muy suyo.
A mí me enamoraba cuando le veía jugar. Aquellos centros que le calzaba a la cabeza del resorte ariete Carlos Santillana, eran mágicos. Tenía un toque de balón especial, y acompañaba dicho esférico como un juguete, levantaba la cabeza y maduraba partido a partido. Era un rebelde irreductible, un jugador nunca domado y un creador. Televisivamente, fue "trending topic" cuando en la antigua Yugoslavia y tras lanzarle una peineta al público, le soltaron un botellazo que le impactó en la cabeza. Tremendo. Fueron mil anécdotas. Dio substancia y se habló ríos de él y de su trayectoria como personaje.
Ni tácticas, ni gaitas. Juanito sabía que había dos clases de futbolistas. Los que juegan al fútbol y de lujo, y los mediocres. Y en medio de una España de Transición y saliendo de la asfixia del franquismo, abría horizontes y atizaba pasiones y ganas.
Jugar al fútbol era una salida de la crisis, una oportunidad de olvidar y de triunfar y olvidarte del dinero para toda la vida, y la mujer solo es un sueño de primavera, los toros la cosa nuestra, y el fútbol un acontecimiento social voraz e irrenunciable.
Juanito fue un filón para la prensa. Una estrella bien grande. Un toro bravo y un niño ambicioso que se llegó a la gran capital y salió por la puerta del éxito merecido.
-MALDITO SU ACCIDENTE-

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