miércoles, 18 de agosto de 2010

- PRESO -

Desde detrás de unas rejas, mirándolo todo sin libertad. Tras unos barrotes, el preso observa curioso lo que sucede en el exterior del penal. Así por ejemplo, puede escuchar los pluriformes sonidos de esa joya llamada libertad.
"¿Qué será la libertad?", exclama el preso desde la sorpresa y con bastante incomprensión. Y, a su pesar, la libertad es exactamente lo que sigue viendo al otro lado de los barrotes. Porque lo que puede ver, es priviliegiado y deseoso. Como toda la libertad. Los barrotes son como una especie de condicionantes cuadrados que minan la integridad de su mirada. Y, así, la vida de los otros solo puede verse a cuadros, a cuadrículas; a claroscuros posicionales y extraños.
Sí. Los otros están en la calle. En la vida de la calle, y en la calle de la vida. Y los otros, son muchos. Y diversísimos. Los otros son los demás, y no tienen esos barrotes ni esas taras que a ellos no les dejan vivir. El preso es un ser nostálgico que siempre mira. Por los barrotes. La libertad es una fascinación necesaria.
¿Os imagináis a un preso veraneando? Sí. Como los demás. Como los demás que el preso puede ver con apuros desde los barrotes que dan a la calle. Barrotes de castigo y de consenso legal.
Un preso no sabe lo que son las vacaciones, ni la brisa del Mediterráneo, ni las chavalas con sandía entre sus blancos dientes y sonriendo despreocupadas y felices. Un preso, no tiene siquiera vacación sexual ni en el interior de su obscuro chabolo.
Un preso solo sabe que hay una carretera cercana, y que los coches circulan a la velocidad que les parece; que los dueños o usuarios de dichos autos no tienen horas para ir, y menos para volver.
Tampoco pueden notar a las gaviotas de la playa de mi Alboraya valenciana revolotear por las cabezas de los turistas, redimiendo su estrés y su cotidianeidad en ansiedad.
Y,¿el mar? Nada. Un preso no puede siquiera bajarse a una arena fina o gruesa, y menos a una playa solitaria. ¡Se la cargaría! Y de bañarse, que se vaya olvidando.
Ni las tardes, ni las mañanas, ni las madrugadas pueden oler a pino de deseo y propia voluntad. Todo está enmarañado en una jaula hacinada de pecadores que se han pasado de la raya los pueblos que hayan sido.
Tres de la tarde. Una maravillosa terraza en la Malvarrosa. Toda la paz y el sexo. Todo el sosiego y la propia voluntad. Mil proyectos posibles. Mil montañas erguidas sobre el destino de unas cárceles que no nacieron para integrar sino para castigar. Ahora se dice que están para joder, sobre todo si el preso ha crecido y ha definido con claridad que un puto día se equivocó. Lo malo es, que a veces, cuando se da cuenta del error, los puñeteros barrotes de hierro le devuelven firmes la mirada y entonces hay poco que hacer.
-DEDICADO A QUIENES SE AFANAN EN CAMBIAR-

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