martes, 3 de agosto de 2021

- LA INMERSIÓN DE ANDRÉS. -

 



Se va hundiendo. Lo siento por él. Es simpaticote y ruidoso. Pero cada vez mira menos las consecuencias de lo que hace. Porque Andrés no va de repente en barrena. Sino que su falta de autoestima es progresiva y preocupante. ¿Le pasa este sentimiento desapercibido al bueno de Andres? ... No.

No lo creo. Pero su faceta autodestructiva parece avanzar. No se siente bien consigo mismo. Y le da por juguetear con otras personas, a las cuales sabe que dominará, o bien por posición económica o social. Andrés se atreve algo con quienes no le suponen riesgo o peligro. Preocupación.

Andrés no se domina a sí mismo. Como para hacerse cargo de la vida de los otros. Su madre ya mayor, su decepción agresivista con las mujeres o su desconfianza con el mundo. Es como si lo exterior le aburriese cada vez más. Y que, frente a ese tedio, decidiera a duras penas construír una subrealidad que le diera al menos continuidad a su hecho periódico de existir.

Para que encima, a Andrés le cayese la pandemia encima. Andrés se siente un viejo cuando ni siquiera llega a los sesenta años, decide dar aparente carpetazo a los tiempos en los que fue feliz, y sobre todo, decide aparentemente no quejarse ni contar nada de lo suyo real a los demás.

Andrés se torna caparazón y ocurrencias alegales, es capaz de aburrirse con los que realmente le queremos, y entregarse a las risotadas irónicas y banales, a perder soberanamente el tiempo, a ser deudo de muchas cosas, y si puede, a darte pellizcos psicológicos con el fin de probarte. Porque en el fondo no aguanta a los que le quieren, no soporta que le aprecien o muestren serio interés por él. Nada de seguridades. Si Andrés se pusiese serio, entonces lloraría a mares. Y lo último que hará, será llorar a mares. Porque si lo hace, ya se siente atrapado por una realidad que desprecia.

Andrés está cansado y se hace el cansado. Juega al cansancio. Cogió el Covid-19, le han quedado secuelas, y muestra una posición aparentemente resignativa. No se cierto. Está deseando recuperarse, y de paso mandarnos a todos a tomar por saco.

Afirma Andrés que no quiere trabajar. Pero lo malo no es que le aburra su trabajo, sino que no soporta ya a sus compañeros de hace treinta años con los que siempre ha desarrollado su labor. Se cae. No dice apenas nada. Ni a sus médicos. Solo acude a ellos cuando son de pago, o cuando no le queda más remedio. Vive solo, y ha hecho todo lo que se le ha antojado en la pandemia. Y sigue ahí con su libertad sin cortapisas. Y tratando de pasar lo más desapercibido posible con su labia e incoherencias.

A Andrés le apasionan los animales. Los galgos, especialmente. Pero últimamente no habla de perros, ni de su ex Leo que fue un galgo al que quiso como a un hijo. Porque hablar de sus aficiones, es hablar de algo real y hasta comprometido, y Andrés no quiere.

Ha encontrado en los latinos menesterosos un comodín para sumergir su ser. Sabe que van pillados de dinero, y que él no sabe cocinar. Y entonces puede contratar a una hondureña, o ecuatoriana, o al marido de la hondureña o al primo de la ecuatoriana. Nunca les hará contratos fijos. La fijeza es signo de responsabilidad.

Con su estrategia, Andrés convoca a los latinos, les paga bien el precio a convenir, y ellos le hacen compañía y él se sumerge en vidas y universos paralelos. A Andrés parece gustarle el monodiscurso de su hablar y hablar, exactamente para no decir absolutamente nada. Le asusta  la soledad, y la paga. Los demás son sus servidores. Y además Andrés sabe ser un personaje educado, vivido, listo, actual e informado. Europeo y español.

-PERO YO CADA VEZ LE VEO MENOS-

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