martes, 27 de octubre de 2020

- UN RATO EN BENIDORM -



Nunca había estado. En Benidorm. Y realmente me causó expectación cuando me aproximaba a la gran sede del turismo nacional y extranjero.

Porque lo primero que pensé es que un pueblo pequeño tiene su propia característica, y que una gran ciudad es una cosa bien diferente. Entonces, ¿qué podría suponer este lugar tan atípico? Porque esto de Benidorm se parecía más por sus numerosos rascacielos, a Nueva York. A algo culturalmente distinto y hasta insólito.

Insisto. Hacía un día de otoño suave y casi caluroso. Y la aproximación al lugar se hacía excitante y expectante. Espectacular. Una especie de lugar nuevo y hasta postmoderno pegado al bellísimo Mare Nostrum.

Sí. Solo estuve unas horas por aquel lugar. Debía volver pronto. Y entonces traté de explorar tímidamente el pueblo. Cosa imposible. A Benidorm hay que ir con tranquilidad y dispuesto a contemplar con detenimiento su sociología. Sus calles están hechas a tiralíneas de arquitectura moderna. Es lo que destaca, que no es todo. La Súper Benidorm de enormes avenidas. La superpoblación de bares y lugares de ocio.

Es pandemia. De modo que había poca gente española del Imserso y sus viajes. Pero mucho nivel económico. Y unas tremendas ganas de desconectar y de entrar a un reality. Y de poder vivir allí en vidas sedentarias y acomodadas. Con pijerío a mares, y con la preciosa playa como enorme icono.

La tarde y la playa estaban deliciosas para el paseo, aunque no mis rodillas. Pero ansioso de sociología me adentré en el Paseo Marítimo de aquel Edén rodeado de la bella montaña alicantina.

Benidorm es un consagrado templo del turismo. El mejor sexy publicitario español, y la mejor estampa comercial. Y una vez contemplada la playa, me adentré tímidamente en sus calles de estilo americano. Todo comercio, todo muy caro, todo abundante, como si no hubiese el mismo virus que en todas partes. Familias, parejas, amigas y amigos apostados en las enormes terrazas de los bares, y todos los etcéteras de un lugar diferente de descanso.

Cuando nunca has estado en un lugar así, pagas la novatada. Allí no parecía haber reinvidicación, nerviosismo, o inquietudes de izquierdas. Allí como mucho la cultura sería de centro ...

Y de centro de jarra y de desinhibición. De sueños. De ganas de otra cosa. Me vino a la cabeza la historia del ladrón Ronald Biggs del tren de Glasgow, que en vez de haber huído a buscar chavalas a Brasil, se hubiese refugiado en una de las impresionantes esquinas que generan los enormes y gigantescos rascacielos.

La de vidas para novela que debe de haber ahí. Me adentré por una calle en la que todos los vecinos hablaban francés, porque eran franceses. Y guiris ingleses por doquier, con esa sonrisa entre atractiva y sobrada. Un mundo feliz y aparte. Feliz, en el sentido de refugio elegido o de destierro deseado. Y de todas las nacionalidades. En otras palabras, una máquina estatal de recaudar divisas y dinero procedente de otros lugares y atmósferas. Sabores detenidos y contenidos en un lugar distinto, inédito, megamoderno, chachi y común.

Aquello no parecía mi cultura de hombre de la calle de España. Aquello era un lugar selecto y privilegiado, y con una temperatura todo el año de ensueño. Un lugar para gente talludita dispuesta a disfrutar a tope de sus últimos rescoldos de juventud antes de pasar a viejos, y de gente joven de finde y de pelas. De chicas y chicos que se lo pueden permitir.

Benidorm es una gran plataforma de la vanidad y del oropel. Insisto en la idea de refugio. De desconectar y de buscar en este lugar otra dimensisón, otros amig@s y otro tiempo.

Este sitio es apasionante desde un punto de vista sociológico. Y también humano y literario. Este lugar me llamó la atención. Y seguramente volveré con más tiempo. Pero desde luego nunca será un enamorado de esta cultura demoledora, vanguardista y velocísima. Y siempre me preguntaré dónde quedó aquel pequeño e inicial pueblo de nativos pescadores.

-WELCOME-

 

0 comentarios:

Publicar un comentario