domingo, 23 de octubre de 2011

- LA CASTAÑERA YOKO -



Salí impresionado de visionar una película de estreno y de terror. Era Noviembre, y hacía frío en la calle. Llovía débilmente. Acababa de ver una extraña película de miedo psicológico, y ahora me esperaba la soledad real. Por eso me alegré cuando noté el tacto del viento  sobre mi piel, y hasta me gustó sentir el sabor de la humedad que frenaba el rigor    del      fresco   otoñal.
Y, de camino a mi casa, me crucé con la castañera. Una de esas típicas castañeras que ya no quedan, y que forman parte de la estampa de un tiempo inevitablmente fenecido.
La castañera era de aspecto oriental, y mientras me preparaba la docena de castañas calientes,-las cuales introducía con extremada delicadeza en un recipiente de papel-, me dí cuenta de que no solo era bellísima, sino que incluso había más que magia    en    toda  ella. Indescriptible.
Tímidamente, le pregunté cómo se llamaba y de dónde era. La mujer me sonrió obediente, y me dijo que se llamaba Yoko Kawida, y que era japonesa de Tokyo. La sonreí igualmente, y traté inútilmente de prolongar la charla. Yoko me hechizaba con solo mirarla. Le pagué el importe de la docena de castañas, y no reparé en que junto al billete de diez euros que me devolvía junto a unas monedas, había un pequeño papel blanco.
Al llegar a casa y al sacar las llaves, me percaté de que existía tal papel. En él, Yoko me decía que era geisha, que me concedía una cita al día siguiente a las siete de la tarde en las Torres de Quart, y que gracias por aceptar.
Al día siguiente, Yoko me esperaba allí. En las Torres bombardeadas por los cañonazos de las luchas napoleónicas. Estaba todavía más radiante que el día anterior, me dió un beso en los labios, y me dijo que la acompañara, cosa que naturalmente, hice.
Me llevó a una pensión que había cerca de la Estación de los ferrocarriles, y me dijo si   me  gustaría recibir un buen masaje oriental. Que nadie dude mi respuesta. Un sí rotundo.
Una vez en la habitación, Yoko sacó todo su arte y ancestro japonés, y me hizo feliz. Soñar. Me masajeó de arriba hacia abajo todo mi cuerpo, me puso eléctricamente suave, me dejé llevar y guiar por sus santas y pequeñas manos, y cuando estuve en medio de una suculenta relajación, hicimos dulce y enérgicamente el amor. Cuando, horas después, desperté    en  aquella cama, Yoko Kawida ya se había marchado.
Y, en uno de mis bolsillos, había dejado un papel que contenía mi tristeza de amor. Allí podía leerse que ella no era castañera, ni geisha, ni turista ocasional. Que ella pertenecía  a  la  jacuzza o mafia japonesa, que si la quería no la buscase nunca, que solo era una esclava desde niña, y que no tenía su vida más interés que el de obedecer a los malos por puro egoísmo de supervivencia. Que no se llamaba Yoko, y que yo había sido un excelente caballero español y que la había hecho muy feliz.
Fui por curiosidad al siguiente día al puesto de castañas, nunca más la vi, y no hubo nadie que atinara a aclararme el misterio de Yoko.
-MAS YO SÉ QUE EXISTIÓ-

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