
Inquietante, incrédula ante sus propias afirmaciones, demasiado niña, cuarenta años de edad y vida loca, mirada increíblemente estremecedora y tapada por recurrentes y pretendidamente normalizadoras muecas gestuales, sita al lado de un padre dependiente al que no puede querer ni valorar.La cara de Ana Braya me dio terror. Porque escondía demasiadas cosas imposibles, e imposturas de agresividad defensiva. Porque, Ana, no avanza. Coquetísima como siempre ha sido, hoy no parecía atenta a su aseo...