martes, 6 de agosto de 2019

- SUEÑO -




Y volví a mi adolescencia y a mi juventud. Sí. En sueños, pero volví. Y entonces ya nunca nadie pudo pararme.
Y esta vez pude crecer, y cumplir todos mis aparentes sueños imposibles. Sí. Y que sí. Que todo fue posible esta vez. Y acabé mis estudios en el Luis Vives, y con las mejores notas. Y entré en la Universidad con toda la gente de mi tiempo. Y allí me enamoré todos los días de una chica distinta, y luego tuve otra novia que se llamaba Carolina y que me duró más de un mes y con la que paseé por el lecho seco del Turia cuando ni siquiera estaba ajardinado. Y por muchos lechos ...
Y casi a punto de acabar mi cátedra de Antropología Social, decidí mirar el encanto de la profe de las piernas interminables y de su breve falda en la cafetería del claustro universitario, y me enamoré locamente de la belga Carinne, el primer top-less, y nuestras primeras aventuras más que audaces.
Empezó a no gustarme aquella cadena musical, y la tiré a la basura. Y tras la Vespino, ya llegó mi primer coche. Un Simca 1000 con matricula de Tarragona que nunca olvidaré yo ni mi pandilla de amig@s.
Arrasé por la ruta del bakalao de Chimo Bayo y sin caer en las drogas. Y descubrí el deporte del footing que me enseñaron los del Correcaminos. Y gané las oposiciones y me fui a Madrid. Empecé de docente en un instituto, y acabé de indecente profesor de una gran Facultad de Cataluña.
Las carreteras de la libertad. Corría como un salvaje en tiempos en donde no tenía el marcaje de las cámaras ocultas de la DGT.
Y me descubrí. Me descubrí a mi manera. Y a Mercè poniéndome los cuernos con un filósofo astuto.
Y decidí seguir viajando y no solo por toda España. Y conocí personalmente a Butragueño, y a Juan José Millás, y a Silvia Tortosa, y a Kempes. Y un día escribí un libro de enorme éxito. Tanto, que le cogí asco, por eso de tener que estar contínuamente firmando autógrafos a mis fans.
Cuando me separé de Verónica, ya era la Democracia, pero a mí me seguía fascinando la noche, la discoteca, Ana Torroja, los pijos, Teresa Gimpera, y todo lo maravilloso que se movía.
Me arrejunté con Isabel, y añadí un hijo más a las tres niñas que ya tenía. Y vi crecer a mis hijos. Y disfruté finalmente de mi cátedra y en mi Valencia, de la antes dicha Antropología Social. E Isabel y yo pasamos muchísimos años amándonos como locos y moviéndonos por el mundo a todo tren.
Abracé la Democracia como Sistema menos malo, pero con algunas dudas evidentes. E Isabel me hizo adorar la nueva tecnología, y también pude ser programador y destacar en la cosa de Bill Gates. Y vacilar con un teléfono digital más que caro. Y seguí y seguí con Isabel. Y de hecho sigo con Isabel, siempre Isabel, y seré del Luis Vives de colores verdinegros toda la vida, y es un gozar contemplar a mis hijos ser padres, y babear con mis nietos que ya van siendo bastantes.
¡Sí! Todo ha sido un sueño imposible. Una llamada de nostalgia. Una paja y un deseo. Porque nada tuve de todo lo que he contado. Pero necesitaba soñarlo y escribirlo, y sentirme más vivo aunque fuera a través de un mero escrito personal dibujado en un papel. Soñar y volver atrás no siempre es malo. Aunque casi nunca tuve nada, jugar a la ilusión ha de ser positivo si se canaliza bien. Por eso siempre creo en los Reyes Magos.
¡QUE NO ME LOS TOQUEN!

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