viernes, 23 de marzo de 2012

- LA BESTIA DE TOLOUSE -



Mohamed Merah. Veintitrés años. Metido en una extraña saña de fuego y explosión. Los hombres de Harrelson franceses, le tenían acorralado. Le negociaban las condiciones de su captura. Todas las televisiones estaban en el punto de mira del foco del mal. Toulouse. Mohamed Merah la había liado con el fuego del su violencia. Casi, el cine. Cine de miedo.
Mohamed Merah era un pobre hombre. Y un hombre pobre. Un raterillo audaz, que    le gustaban los coches occidentales, pasarlo bien, y no preocuparse demasiado. Muy joven.
Y el mundo es real, viejo y hasta traicionero. Mohamed sentía que le faltaba algo. Quería ambición y protagonismo mientras crecía, y necesitaba una identidad más potente para dar sentido a su existencia.
La pobreza siempre suele ser un camino peligroso. Suele llevar a lugares errados. Si   a  la  pobreza estructural le adicionamos dimensión religiosa, el cóctel suele ser     demasiado  explosivo. La religión suele ser moderada para los moderados de necesidades más o menos cubiertas, o en cabezas sensatas y sin antecedentes excesivos o nulamente estrepitosos. Si es al contrario, suele ser muy al revés. Como el caso.
A Mohamed Merah le perdió su maniqueísmo agudo. Apareció la idea del gran malo o Satán americano u occidental, y entonces le perdió su oremus. A Mohamed,     el     ser    radical,  enemiguísimo, y hasta el hacerse del rencor facilorro del Al-Qaeda, le daba estímulo y vigor de soldado válido y hasta heróico. ¡Quimeras! ...
Al-Qaeda. Vaya tropa. La violencia, nunca se combate con otra violencia. Se sabe desde siempre. El soldadismo y la heroicidad del derrotado, son cosas irreales y de Disneylandia. El gran problema del terrorista Merah era su esclavismo hacia su propia locura. Y de dicha locura, estaba cavando su propia fosa del morir. No. El mundo no eran tan simplista como para dividirlo entre malos y buenos, y el chaval nunca pudo sospecharlo. Y en plena juventud, se murió. ¿Reflexionó este hombre alguna vez en su vida? Puedo dudarlo, y mucho.
La pistola del odio, era su arma y bandera. La necesidad del justicierismo y de la busca del malo, quedaba marcada progresivamente en su mente. Tenía que hacer algo gordo, más pronto que tarde. Le gustaba ser joven y viajar. E incluso, en su ego loco, pensaba burlar o enfrentar sin mayores dudas a todo un cuerpo de élite policial y profesional. ¡Increíble!
Ha muerto como un pobre cobarde, atrincherado en un wáter, sin palabra ni razonamiento, entre explosiones y heridos. Le ha vuelto loco su orgullo de pobre y de endeudado mentalmente. Ha pensado que ser de Al-Qaeda era algo así como ser el mejor entre   los mejores, o el libertador de pueblos oprimidos.
Pobre imbécil. Errado y joven. Fanático y radical. Cobarde y vil. Engañándose a sí mismo y a su realidad. No, Mohamed. El Islam no era éso. Hacer el bruto, solo es de canallas    y     de descerebrados. Mejor que hubieras continuado siendo un raterillo de poca monta.
-AL MENOS ENTONCES ESTABAS VIVO-

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