lunes, 2 de marzo de 2026

- D. RUIZ, GENERALISTA. -



 

Bajito y de tez morena, afable y educado en extremo. Jubilado y algo delicado de salud.

Se sienta conmigo en la mesa del restaurante y come con unos amigos comunes. A mí me mira con agrado. Y a veces siento que me mira demasiado. Pero solo es una impresión personal. Porque el doctor Ruiz se abre a todos.

Se muestra prudente en sus juicios y es difícil saber por dónde van sus pensamientos y sentires. Ruiz es un hombre muy atento. Le gustó ser médico, y no le agrada que le llamen "de atención primaria", sino generalista. Como antes se denominaba su labor médica.

El galeno chocó con la tecnología de los ordenadores, pero su chispa no fue por ahí. A Ruiz le gustaba esperar y explorar, mirar a la persona y a su ser, y entonces decidir los estados y las derivaciones.

Aunque confiesa ser un apasionado de la Medicina, está abierto a la Historia y a hurgar en su propio criterio. Porque también le encanta el atrás, el otro mundo ya analógico que no parece contar. Apenas confiesa que perdió hace un año a su mujer, y que él está malo del corazón.

Me pongo a hablar de los viajes de Colón al Nuevo Mundo y a su descubrimiento, y el doctor Ruiz me mira fijo y sonriente, y me dice que no me crea demasiado lo que se dijo acerca de los viajes.

Me dice el doctor que pocos saben que Colón disponía de una brújula sofisticada que judíos como él, le habían proporcionado.

También el doctor fue marino. Y vivió mucho. E intentó entrar en el emblemático buque "Juan Sebastián Elcano", pero las condiciones de ingreso fueron para él demasiado inalcanzables. Y Ruiz nos muestra una foto suya de marino militar, y otra foto en la que se le ve bien orgulloso de su abuelo, el cual nos cuenta que ese sí llegó a ser el número 2 del citado buque emblemático y español "Juan Sebastián Elcano".

De todo o de casi todo le gusta charlar al doctor Ruiz. Porque ahora, el doctor le encanta charlar de su currículum, de lo fascinante que es el mar, o de la fuerza imparable de los vientos y de las corrientes que son capaces de llevar y transportar a los objetos y cosas durante millas y más millas de distancia: "Colón no iba tan desorientado como se cree", afirma convencido el doctor añadiendo una sonrisa.

Yo, le arreo en la intimidad, descubro que es generoso, que está delicado del corazón, y que se desvive por sus ex pacientes. Un amigo tiene un problema, y el doctor Ruiz al acabar la comida le promete auscultarle y tranquilizarle acerca de un quiste.

Logro uno de mis objetivos casi sin querer. No quiere hacer nuevos amigos. Es como si se sintiera deudo o nostálgico de los afectos o de las sensaciones de otrora, como cuando vivía su mujer. Se niega a viajar, y zanja pronto la cuestión so riesgo de tensarse.

Casi toda la conversación ha sido un humano viaje alrededor de sí mismo y de sus creencias. Le gusta América, le atraen las hazañas de otrora, le encanta su pequeño pueblo natal sito en la Serranía de Cuenca, y habla de los hermosos animales ibéricos y familiares que le sorprenden y admira. Y el doctor Ruiz ama la sorpresa y la ciencia de su país. Su riqueza autóctona.

El doctor es ético, chapado a la antigua, pero sus ojos vivos y fijos en tí, te hacen ver que sigue sin conformarse con la información que le llega, y quiere más.

Estoy seguro de que echa de menos el volver a su amado trabajo, te observa mucho como lo hace un doctor apasionado, y además se adapta a tí con la experiencia que encontró en el transcurso del ejercicio de su profesión. 

Ruiz es contradictorio y nunca revelará su dolor. Porque posee un juramento hipocrático inabordable e innegociable. Y se lo aplica a sí mismo con el rigor de un etrusco.

-Y DE OTRO TIEMPO QUE TAMBIÉN ES ESTE-

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