viernes, 21 de marzo de 2025

- FRIALDAD. -


 

Una casa. Muchos años así. No hay milagros. Es una casa fría, que solo puede oler a derrota, a inercia, a inacción, a tiempo que no pasa, y a heridas cuya cronificación hace que el efecto nocivo se amplíe y multiplique.

Sé que existe esa maldita casa. La he visitado en muchas ocasiones. Y cada vez, creo sacar de ella más terroríficas conclusiones. Sí. Esa casa no se mueve. Nunca parece pasar absolutamente nada, aunque en realidad,-dado que está habitada-, produce siempre muchas cosas y feas en quienes la habitan o la visitan. 

Esta casa no es una metáfora, aunque podría serlo. Podría ser el síntoma de decenas de sentimientos encadenados, y que en el fondo tienen su origen en el exterior. En un exterior manco e insuficiente, en un lugar casi de paso, en donde nunca entra la fuerza del pleno sol, en donde el refugio y hasta la cobardía copulan y se unen de forma demoledora y progresiva hasta asfixiar y condicionar con las ideas que ha de predicar un verdadero vivir. 

Esa casa no es ni siquiera una manta que proteja del frío. Porque es una manta meramente formal, sin substancia, sin abrazo ni abrigo. Es la peor de las mantas. Porque es una manta que te manda de lleno al frío de la inmovilidad. En realidad, es la manta de la muerte en vida.

La enfermedad ha crecido en esa casa, agarrándose a cualquier caja que parezca tener forma de medicamento y que en realidad es un lentísimo veneno mental.

Lentitud aparente. Es todo como un reloj que mantiene sus lesas manecillas detenido hace cuarenta años, y que no se ha desechado ni se substituido por otro. por tiempo actualizado y real.

Me llaman la atención las referencias al pasado en ese lar. La nostalgia que todo lo tamiza y condiciona. Los cuadros y su misterio. Sus fotografías en los marcos. Los antepasados no son capaces de poner caras alegres de convencimiento, por muchas razones que cuesta comprender y que se anclan en la tradición y hasta en el atavismo.

Me detengo en las miradas de las personas de los cuadros. En las miradas de los más mayores. Y esas miradas me aparecen como fascinantes, por una suerte de fondo fatal que puede definirlas. 

Creo que pueden ser igualmente miradas de derrota, de tristezas, de preocupaciones, pero también de orgullo. Parece que esa mirada se clava en ti, acusadora y desafiante. Que no te desea precisamente ni buenos días, ni buenas tardes, ni siquiera buenas noches. Es una mirada hasta inquisitiva, como si te preguntara qué demonios haces tu ahí en su casa mirando y estando presente.

Es mirada picuda y tenaz, desgraciada, como amante de lo imposible, infeliz, de alguien que ha fracasado plenamente ante el mundo y la sociedad, de quien se deja pintar o fotografiar con evidente desdén y sin ningún deseo de introducir un pequeño calor de optimismo. En el fondo y en la forma es una mirada llorosa. Es la mirada de quien la ha fastidiado y bien.

Y si miras otros cuadros y otras poses, solo verás efectos compensatorios que juegan a hacerse piña para disimular entre todos la auténtica verdad. la verdad de la nada y en la nada.

El perfil de la casa es antiguo. Demasiado lleno de muebles altos y en absoluto funcionales. un caserón que no te esperas cuando estás abajo en el zaguán, y con un pequeño pero coqueto ascensor, el cual te engañará hasta que no franquees la puerta de la casa triste y te decidas a penetrar en ella. En ese momento se acabó todo el progreso y toda la modernidad. Tenlo por seguro.

Y, entonces, de nuevo la realidad de una casa que lleva en su amplitud, mucho grito mudo y dolor sordo.

¡ ...!

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