
Rosa no figura en mi libro de familia, pero forma parte de ella. Está ahí. Empezó siendo la limpiadora de la escalera, y ahora es alguien más que cercano y apreciado. La debo mucho.
Rosa es frágil y a la vez fuerte y cabezona. Ahí está. Viene todas las semanas y necesita desahogarse. Tiene cáncer, le contagiaron el Sida, y apenas tiene trabajo. Su resistencia es hercúlea. Y ha pasado por todas las fases de su mal azar.
Es un orgullo para mí el verla sentada en ese mismo confortable sillón...