martes, 16 de junio de 2015

- JANA -



Dolor. Veo en ella el dolor de la viudez inesperada. Dos años sin su Manuel del corazón. Eso explica su sed actual. Se siente insatisfecha y desconcertada y ha encontrado en el no pensar la sedación que frena sus recuerdos.
Porque ahora Jana no está para nadie que la hable en serio. Jana está para la frivolidad y la acción, para la risotada constante y para quemar calorías que la mantengan guapa e impecable. Se niega a envejecer o a madurar. Entiende la vida como un aquí y ahora y se acabó. Es demasiado duro ser triste. Demasiada responsabilidad el mirarse al espejo que no sea para verse los vestidos y los bikinis de este verano monumental que hace tiempo que ya nos rodea y atrapa.
Jana es así. Y no debes comprenderla ahora demasiado. Es inútil. Déjala que haga lo que quiera y procura que le caigas bien. Y si le caes mal es mejor pasar página y de Jana.
A mí me tiene el corazón dividido. Es una niña grande y eterna que tiene miedo y gracejo. Me sabe mal que no me entienda y que nunca la sesera le dé para ello. Porque ya son meses que la conozco y la aprecio, y no quiero que se sienta mal en los inevitables desencuentros.
Con Jana es mejor dejarse ir y hacer un poco lo que ella hace que es huír hasta de sí misma.
Jana se atrinchera en el grupito de las mujeres heridas, divorciadas, ligeras, separadas, bailarinas y hasta sin rumbo claro. Desea un rumbo a elegir sobre el terreno. Que nadie la programe nada. Que la dejen que ella tome el mando de sus evasiones y de sus liderazgos individualistas. Pero sobre todo, Jana no quiere a su lado caras tristes que puede ponerse hasta madraza y hasta pesada con sus preocupaciones desinteresadas.
A Jana le gusta moverse. Caminar y caminar, y ser ella a su manera. Irse a una discoteca de música libre y girar, y saltar, y brincar, y juguetear de nuevo a no tener los cincuenta años que marca su Cronos, y a chiquillear con sus amigas, y con sus bailarines osados y treinteañeros ocasionales. Sí. Que todo sea ocasional pero dentro de un orden.
Porque si algo verdadero se mueve, aparece el recuerdo de ese sus marido ausente Manuel que nunca volverá. ¡Maldita sea! ...
¿Hombres de verdad? No acaba de funcionar en ese terreno. Les ve invasores y les busca pillamente todos los defectos posibles. Acaba de distanciarse de Daniel, porque Daniel empezaba a borrarla otros recuerdos y porque el atrás la vence mucho. Es complicado y ella lo sabe. Sabe que le cuesta el duelo, y que hay que tener con ella la paciencia que ella no tiene por ahora para los demás.
Jana es un torbellino de vitalidad que no se pierde una fiesta, y que siempre son pocas, y que todo eso de las veinticuatro horas del día le saben a insuficiente.
Pero todas las mañanas de los sábados se abraza a su soledad real y llora todo lo que quiere intentando que nunca la vean. Y pasea su soledad y dolor caminando hasta en el invierno por la orilla de la playa. Y ahí es la ella actual. La que no se verá y solo acaso intuirá. Y poco más.
En seguida volverá al ataque y se pondrá los tacones, y la belleza exterior, y el vestido sexy que muestra con orgullo femenino, y la risotada y las cervezas, y las cenas más que animadas, y su alegría condicionada y a la vez salvaje, y será madraza de su hija, y hará lo posible para que todo esto pronto pare de una jodida vez.
Porque en el fondo Jana quiere y tiene el derecho a enamorarse de nuevo, y a estar en silencio cómplice, y a recuperar el tiempo desorientado de una vida actual excesiva.
¡LO CONSEGUIRÁS, JANA!

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