miércoles, 12 de octubre de 2016

- GERARD PIQUÉ, ETERNO NIÑO GRANDE -



Piqué necesita el ruído. Es una de sus heterodoxias genialoides. Es el mejor central del mundo, y se resiste a ocupar un lugar secundario en el plató de los efectos especiales mediáticos, a pesar de que su condición de zaguero siempre supone traba. En el mundo del espectáculo se focalizan y destacan mucho más los reboteadores que los bombarderos infalibles.
Piqué comenzó joven en todo esto de las grandes alturas y niveles del fútbol. Fue genio precoz, asombrosamente maduro y elegante, rápido, y con una colocación y una clase realmente desconcertantes. Altísimo e infranqueable por arriba, y muy peligroso cuando sube al ataque. En su casa cuna y nata de Barcelona y del FC Barcelona, Gerard Piqué ascendió imparable hacia todas las metas al igual que en la Selección, en donde triunfó rutilante junto con todas las estrellas de su generación.
Pero Piqué carece de la madurez necesaria y de la mesura. Y habiéndolo ganado todo, necesita soltar puyitas impropias porque no lo puede evitar. Le arrea al Madrid, le busca las cosquillas, y entonces los más acérrimos y excitados de su club le idolatran y se identifican.
Los madridistas, eternos rivales, le tienen en el ojo de su irritación. Y además Piqué es catalanista, nunca oculta sus simpatías por una Catalonia libre y autónoma, y no se calla nada ni debajo del agua.
España es choque de pasiones. Y el fútbol, una de esas tremendas calderas en donde todo parece valer. Y ahí, entre los tacones de su Shakira y en medio de sus tweets, Piqué la suelta, polemiza, la lía, rectifica liándola más y manteniéndose en sus trece, y o bien le aceptas como es o le criticarás siempre.
Los pitidos. Los silbidos cada vez que tocaba el balón incluso vistiendo la zamarra de la Roja de todos, aparecieron como surrealistas. No se aceptaba a un catalanista gallináceo y orgulloso, en medio de los colores patrios. Había que lanzarle tweets sonoros de pito todo el tiempo. Era un infiltrado traidor locuelo entre las huestes descendientes de Juanito, Pirri o Camacho. Entre Morientes o Gordillo, o entre tantos sucesores sin fisuras de una Selección única e indivisible, como marca la Carta Magna social general y futbolística.
Piqué no ha logrado escalar muchos más ochomiles que estaban a su alcance, por su carácter temperamental y sus desafortunadas intervenciones y a destiempo fuera del campo. Y dentro, cuando decidió lanzarse un tiempo al placer y a la bohemia, dejó de entrenar, bajó su rendimiento, y estuvo en un tris de ser despedido de su Barça.
Alguien debió entonces aconsejar acertadamente a "Pikenbauer", porque se rehizo, comenzó nuevamente a sudar en los entrenos, y volvió a recuperar la regularidad y el brillo. Piqué ha vuelto con toda su grandeza futbolística y nos ha vuelto a maravillar por su calidad y talento.
Pero su pelo encrespado nunca cambiará. A la mínima, salta. Raramente va a reconocer sus meteduras de pata. Ahora anda enfadado por una maldad menor, y anuncia que se retirará de la Roja tras el Mundial de Rusia. No se lo cree seguramente ni él. Porque cuando se retire, entonces Gerard Piqué echará muchísimo de menos los piques con los otros. Con los del Madrid, con los catalanismos, con todo lo que se mueve, con su orgullo y afán de protagonismo, y con su vida de civil raso y ciudadano más.
En el fondo al gran Piqué le va la marcha. Necesita sentirse dios y mártir, marcar un golazo y no mostrar sorpresa aparentemente, anular a un crack casi sin vacilar, sentirse superior dentro y fuera del campo, ser objeto de críticas y de astillas, agitar el silencio utópico del consenso de la calma en fútbol y azuzar la diferencia y la rivalidad.
Genio y figura, este follonero y excepcional futbolista que es Gerard Piqué. Pasarán muchos años para que aparezca,-y cuento a Ramos-, un titán tan polémico y carismático como el catalán. Es grandísimo.
-Y SIEMPRE REVOLTOSO-

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